La Guía de Roque Pérez 99 | Julio de 2016

Hay un lugar donde se produce y se come uno de los mejores fiambres de la Argentina. Mario Cáceres dice que no necesita más que un metro de mostrador para defender su producto. Pero al conocer su historia aprendemos que lleva una vida y mucho sacrificio ganar un sitio para servir a la gente.

 

Sobre la Ruta 205 en el Km 139 se encuentra un lugar que es la cita obligada para muchos viajeros y un lugar de encuentro para degustar los más ricos y finos fiambres de campo.

Con pura carne de cerdo y mucho oficio Mario Cáceres ha perfeccionado sus fiambres hasta conseguir el mejor sabor, que nos conecta con la sabiduría de los abuelos y una calidad apreciada en las mejores tablas del país.

Desde un exquisito chorizo ahumado hasta un rosado y tierno jamón en aceite de oliva, desde escabeches hasta quesos tradicionales y de leche de búfala, la vista y el paladar no paran de sorprenderse en El Hornero. Y la calidez en la atención y la cordialidad proverbial de Mario Cáceres es la argamasa que une todo y convierte la visita a esta fiambrería en una experiencia sensible y diferente.

Hace poco un español escribió en el libro de visitas, que estaba feliz de regresar a El Hornero, que Argentina se destaca en el mundo por personalidades “esplendidas como el papa Francisco y el fenomenal Lionel Messi y me permito afirmar que tu espléndida tocinería no desentona!”

Mario sostiene que sólo en lo natural y en lo tradicional está el secreto de sus fiambres pero hay más. Los emprendimientos son una historia de vida y este entrerriano radicado en Roque Pérez en 1966 le tocó luchar contra viento y marea, caerse y levantarse. Y aquí este luchador de siete décadas, nos cuenta las vueltas de su vida, comparte pensamientos y desgrana su historia.

 

Mario ¿Cuál ha sido la receta de los fiambres de “El Hornero”?

“Nosotros hemos copiado de los inmigrantes que trajeron sus recetas –cuenta Mario-, los italianos, españoles, los polacos, alemanes, franceses, cada uno con su estilo y sus sabores. Esto tiene una larga historia que a su vez con trabajo hemos ido perfeccionando. Tuvimos el espíritu inquieto de hacer. Y lo que me motivó es que tuvimos respuesta. Mucha gente nos ha elegido y valorado a lo largo de estos 50 años. La sociedad, con sus crisis económicas, se ha acostumbrado a ver el precio de las cosas y nosotros estamos en un camino de buscar y valorar la calidad. Es más difícil, pero elegí ese camino, esa filosofía y me voy a morir así”.

Hoy la fiambrería es un hito muy reconocido, apenas a unos metros del cruce de las rutas 205 y 30. El campo que rodea el emprendimiento luce dos hermosas esculturas del pájaro nacional con su nido de barro. Pero en 1966 Mario abrió en lo que era una tapera, una carnicería de campo.

“Mario siempre apostó a la calidad –dice Copi mientras Mario Cáceres arma la tabla de fiambres y destapa un vino tinto-. En la época que “El Hornero” era carnicería Mario faenaba sus propios animales y fue uno de los primeros en faenar terneros y gracias a eso se había hecho una gran clientela”.

Copi es María Teresa Raffo. Es marplatense, contadora nacional y esposa de Mario desde el año 1987. La fortuna o el destino quiso que Mario Cáceres se hospedara en el hotel que tenía junto a su hermana en la Feliz. Desde entonces conoce desde adentro y ha protagonizado también los últimos 30 años de “El Hornero de Roque Pérez”.

“Mario produce fiambres con una carne muy magra –explica Copi-, distinta a la de cerdo de campo de antes. Entonces tuvieron que aprender de nuevo a producir los fiambres. Porque antes la carne era marmolada, ahora es más magra. Es más difícil lograr el sabor de antes. Y es un paso muy importante el secado. Un salame pesa 1,100 recién elaborado y cuando se secó y se vende su peso es de 540 a 600 grs”.

“Cuando Mario empezó a hacer salames, siempre estaba disconforme y hacía pruebas y pruebas –cuenta Copi-  y decía “hasta que no haga el mejor salame, no registro la marca”. Pero resulta que cuando fuimos a registrar el nombre El Hornero, un sanjuanino (que nos conocía!) se había adelantado y lo había registrado a su nombre por eso decidimos registrar “El Hornero de Roque Pérez” para el rubro de los fiambres”.

“Para usar el nombre “Roque Pérez” se necesitaba una nota del municipio –recuerda Copi-. Entonces estaba como secretario Jauregui y el hizo una nota que más elogiosa no podía ser, donde decía que era un orgullo para la localidad que El Hornero llevara el nombre de Roque Pérez. Era una nota hermosa, tal es así que nos dijeron que seguro que el trámite iba a salir favorable. Y así fue”.

Con el paso de los años los exquisitos fiambres, producidos como los fiambres caseros, ganaron renombre. Pero a la par los desafíos y los sueños eran más grandes. Esa búsqueda los llevó a cruzar fronteras.

“A fines de los años 90 padecimos la crisis económica del país -recuerda Mario- pero igual nos animamos a ir a Paris al Salón internacional de la Alimentación (SIAL) en 1998 y a la Expo de San Pablo en el 2000. Fueron dos experiencias hermosas! En Francia pude conocer la tecnología de punta del mundo en cuanto a los instrumentos y maquinarias para la alimentación. Eran dos exposiciones simultáneas, una en Paris y la otra a unos 45 minutos de distancia a la que asistieron expositores de nada menos que ¡150 países! Es una exposición oficial y es la más importante en lo que se refiere a alimentación. Vi máquinas cortar carre de cerdo y carre de novillo en un solo corte, con cuchillas giratorias, que se calibraban y se manejaban por computadora. Cortes perfectos, algo increíble! Máquinas para cubetear carne, máquinas que se programan para filetear o hacer dados de queso. Vi máquinas que nosotros estamos a años luz. Y nosotros acá trabajamos a cuchillo! Vimos las mejores calidades de tripa para fiambres. Las alemanas para fiambre cocido y la china que es la mejor tripa natural de cerdo”.

“En París cenamos frente al Sena, conocimos el Crazy Horse, la pasamos muy bien –recuerda Mario-. Y llevamos una folletería que gustó mucho y nos fue bien en las conversaciones de negocios. Se nos acercó una muchacha que compraba alimentos para cruceros y buques de factoría y que le interesaba nuestro producto. Quería 5 mil kilos para probar! le tuvimos que explicar que no teníamos esa escala! Y al regreso el gobierno de la provincia no siguió el tema, no nos ayudó para continuar”.

“Yo buscaba tripa alemana para fiambres cocidos porque estaba en falta en Argentina –cuenta Mario-. Y las encuentro en un stand de la Feria de Paris. Un vendedor español nos atendió y nos dio una tarjeta. Al regreso de Paris, llamé a España. Cuando me presenté a la secretaria me dijo “tome nota señor” y me pasó los datos del fabricante. Ella ya sabía que íbamos a llamar, fijate el nivel de atención! Tienen una forma de trabajar, de presentarse, de relacionarse, una seriedad espectacular. Es increíble.”

 

 

Volviendo a tus comienzos como carnicero en Roque Pérez, el oficio vos lo traías desde Entre Ríos…

“Yo hice muchos años todo el proceso desde la compra del animal hasta la venta en el mostrador de la carnicería. Desde comprar, arrear, faenar, poner la carne en el gancho y vender en el mostrador. Algunas cosas las aprendí desde pibe junto a mi padre que era matarife. Aprendí a comprar al bulto, he llegado a errarle por menos de 50 kilos a una jaula de novillos. Lo normal era no errarle por más de 10 kilos a animal en pie”.

 

¿Cómo era la infancia en Entre Ríos? ¿Quiénes fueron tus abuelos y tus padres?

“Uh mi infancia...-dice Mario y mira el techo como remontando los años-. Yo tuve abuelo italiano, abuela alemana por parte de mi madre y media india y media gallega por parte de mi padre, descendiente de la familia Quiroga Cáceres. Hasta ahí sé pero antes los abuelos no te contaban o no se hablaba, sí me querían mucho. Conocí a mis abuelas y a mis abuelos no los llegué a conocer”.

“Mi padre Ramón Cáceres era un carnicero fuerte en Villa General Ramírez. Mi madre se llamaba María Teresa Scozopi era de Seguí. Mi padre fue capataz de estancia y puso carnicería con el mismo dueño de la estancia. Entonces se compraba al bulto y se arreaba porque no había camiones. Y a mí me gustaba tanto el caballo que andaba siempre con mi padre. Es como que no tuve mucha infancia –dice Mario-.  La carne se llevaba en una carro que era como un cajón donde ponían cuatro media reses y se hacia el recorrido por las carnicerías. Mi viejo llegó a matar 35 animales por día. En el matadero yo aprendí a faenar. Apenas tenía 11 o 12 años y ya mataba animales”.

Como muchas familias de entonces los Cáceres eran una familia numerosa: “Éramos siete hermanos (actualmente viven en Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires y les debo una visita) pero yo reconozco que soy bastante solitario. Dicen que el hombre solitario tiene mucho de Dios y algo de bestia, ja, ja –se ríe Mario-“.

“Aquella era una región de colonias de italianos y alemanes. Pero había polacos, rusos, griegos y muchos inmigrantes que vinieron en barco a nuestro país”. Cuenta Mario que eran zonas rurales donde los paisanos andaban siempre con el cuchillo a la espalda, tiempos bravos, una mirada lo decía todo y los muchachos aprendían a vistear con el cuchillo ensartando naranjas.

“A mí me tocaba acompañar a los peones en los arreos –recuerda Mario-, conocí dormir en los recados, pasé frio, comí carne asada en un palito y me pasó de todo. Y siendo un chico descubrí a Atahualpa Yupanqui, al Chango Rodríguez y a Eduardo Falú. Quizá todavía no entendía el mensaje de las poesías, que descubrí de más grande, pero me gustaba la música y me apasiona desde entonces la guitarra”.

Cuando terminó la escuela primaria sus padres vieron que Mario tenía inquietudes y decidieron enviarlo a Miramar a un colegio agrario.

 

Buscando horizonte

“En 1958 me fui a estudiar a Miramar a los 13 años –cuenta Mario-. Salí de Entre Ríos, en barcaza a cadena crucé a Santa Fe, y ahí conocí y tomé mi primera Coca Cola.. Llegué en colectivo a Bs. As. y luego hasta Miramar. Cuando vi el océano! Inmenso! No se terminaba nunca! Yo solo conocía el río. Llegamos con mi padre a un hotel de Miramar y nos pusimos a charlar con señor desconocido que resultó ser de Roque Pérez y era Pablo Ligüero (padre) que también llevaba a su hijo a estudiar. Entonces yo me hice amigo de su hijo que también se llamaba Pablo”.

Mario todavía no sabía que ahí empezaba a tejerse su destino en Roque Pérez.

“En el colegio estaba como pupilo –cuenta Mario-. Salía al cine si mi padre autorizaba desde Entre Ríos. Te exigían una conducta ejemplar sino te rajaban. Por entonces jugué al futbol en la tercera de Atlético de Miramar en la liga de Mar del Plata. Pero jugué un solo partido  y me rompí la rodilla –se ríe Mario de su suerte-. También corrí en torneos intercolegiales carreras de 400, 800 y 5000 metros. Hice el ciclo secundario de tres años en Miramar y me recibí de mecánico rural a los 16 años”.

“Cuando yo terminé de estudiar quise volver a Entre Ríos –rememora Mario Cáceres- pero fue imposible porque mis padres se habían fundido, habían perdido todo de verdad y se habían separado. Yo quería volver pero no se podía, yo era muy chico, era el año 62. Fue una desesperación, un shock y vi de golpe que estaba solo y tenía que seguir solo. Entonces de Miramar me fui a Buenos Aires, y no encontraba laburo. Era la época del gobierno de Illia. Pude entrar en una carnicería en Rodríguez Peña y Posadas con unos tanos. Fui depostador. Estuve casi hasta el año 64”.

“Pablo Ligüero había abandonado los estudios en Miramar pero yo seguía en contacto por carta con él y me invitó a venir a Roque Pérez –continua su historia Mario-.

Y las vueltas de la vida, vine a visitarlo, conocí a su hermana Olga Ligüero luego sería mi primera esposa y madre de mis hijos (Marcela, Marito, Evangelina y Matías).

Nos casamos y nos fuimos a trabajar a Florencio Varela, a una estancia de Agote, hijo de Luis Agote, inventor de las transfusiones de sangre. No existía el salario mínimo. Te daban un pedacito de tierra, la leche y arreglate. Tuve la suerte que en el rancho había un tanque de 200 litros de miel. Le comí medio tambor en 6 meses. ¡Era una tristeza! Yo tenía que juntar la leche de los tres tambos que había”.

“Cuando se aprueba el salario mínimo vital y móvil, me ofrecen un trabajo en una granja de Pilar –cuenta Cáceres-. Ahí había comodidades, tenía gallinas, chanchos, una lechera, un caballito y un cuadro de alfalfa. Se había puesto de moda el conejo, así que había 500 conejos lanangos que esquilaba mi mujer. Y en 1966 vine a Roque Pérez. No me querían dar trabajo de peón porque era muy joven. Tenía 21 años y ya tenía dos hijos. Llegué en mayo y al mes, el 2 de julio de 1966 abrí la carnicería El Hornero. Acá entonces era una tapera. La actual cocina era apenas una galería con una glicina y una bomba sapo. Antes no había plata pero no nos faltaba nada. Pero claro en el campo no había confort. Yo cuando llegué a Roque Pérez trabajé cinco o seis años sin energía eléctrica”.

 

¿Cómo fueron los primeros años de carnicería?

“Y empecé como me habían enseñado… nací para el laburo –explica Mario-. Cuando yo era chico si había que hacer algo se hacía. Tuve una crianza rigurosa. Quizá éramos “unos pelotuditos” pero responsables. Entonces uno trabajó, con amor propio, con sacrificio y sin interés material, sin querer sacar ventaja a nadie”.

“Y tener una carnicería en el campo era una maravilla para mí –dice Mario-. En el norte dicen “pelar caña es una hazaña del que nació pal rigor”. Y yo estaba preparado para el rigor porque de chico trabajé. Mi padre me educó en el rigor pero también fue muy generoso conmigo y con todos. Vino una vez al Hornero. Pero después estuvo postrado como 9 años y no volvió. Y a mí me fue bien pero por falta de experiencia no me administre de la mejor manera  y pasaron cosas. Salió la Ley Federal de carnes que no permitía faenar sobre una ruta nacional y al mismo tiempo murió mi mujer y nos quedamos solos. Probé comprando carne a terceros. Pero yo había llegado a faenar 9 terneros por día con el Negro Pedro Cachanosky, un gran tipo, y pasó mucha gente por acá como Oscar Macedo que hace 38 años que está con nosotros”.

“La vida me enseñó con golpes –cuenta Mario Cáceres-. La madre de mis hijos murió muy pronto, solo estuvimos 18 años juntos. En 2006 perdí a mi hijo y su familia. La vida nos aporreó a todos. Me tocó. Yo una vez dije en la vida voy a hacer “tal cosa” y mi padre me dijo: “si te toca”. Uno reflexiona, por ahí en la vida pusiste las fichas en algo, fracasaste y por ahí se te derrumbó todo el castillo que construiste en tu vida y soñaste. Te das contra la pared. Y te caes. Algunos contra viento y marea se levantan de nuevo. A mí me ha pasado. Yo estoy feliz de ganarme el pan con el sudor de mi frente, sin dar lástima, sin pedir y siendo agradecido siempre”.

A partir de allí comienza la historia más conocida. La carnicería se tuvo que convertir en fiambrería pero no solo vio surgir de nuevo el temple de Mario y su familia sino también salió a relucir en parte una sabiduría de la gente del interior y en parte una habilidad aprendida a fuerza de prueba y error. El resultado también es muy conocido: salames, chorizos, morcillas, puros de carne de cerdo, productos naturales sin ingredientes de la industria, exquisiteces hechas a fuerza de buena carne, condimentos nobles y mucho trabajo.

Su enclave estratégico al lado nomas del cruce las rutas 205 y 30 hizo el resto porque la afluencia de público de todos los puntos del país y a veces del mundo entero hizo que la fama de los exquisitos fiambres viajaran en las bocas gustosas y agradecidas.

“Yo creo no haberme equivocado -dice Mario-, creo que hicimos bien las cosas, pienso que tuvimos muchas políticas mezquinas en el país. Nosotros hicimos muy prolijas las cosas. Pero hay que elaborar con la calidad que lo hacemos pero a mayor escala. Y voy a luchar hasta el último suspiro porque esto es lo que me apasiona. Hoy existe poca rentabilidad por el aumento de los costos. Pero nuestro futuro como país es producir alimentos, estoy seguro de eso”.

 

Pensamientos

Mario es una persona que tiene silencios pero sobre todo le gusta mucho la charla. Y en esas charlas con los amigos o con los clientes suele ir desgranando pensamientos sabios que le viene de lo vivido, de los golpes, o frases de los artistas que admira. En su decir va mostrando su filosofía de vida como cuando habla de los jóvenes:

“Es necesario iniciar a los jóvenes –sostiene Mario-, llevarlos de la mano para que aprendan un trabajo, un oficio. Como era en nuestra época. Tu padre, si no había solvencia económica para seguir un estudio, te llevaba a un taller o a una carpintería y le decía al dueño, “te lo dejo para que aprenda”. Eso se abandonó. En la vida es importante marcar las pautas, las obligaciones que hay que cumplir, formarte en la disciplina, ir a la escuela, practicar deporte, aprender una actividad artística. Y así, siendo un adolescente te estas insertando en la sociedad”.

“Yo voy a cumplir 72 años –dice Mario-. Y le cuento a los chicos que cuando yo vivía en Entre Ríos y era un pibe  me regalaron una pelota. Pero eso era una pérdida de tiempo, ¿cómo ibas a jugar a la pelota? los chicos tenían que ayudar a los padres, barrer, limpiar. No se valoraba el fútbol. Hoy hay escuelas de futbol!! Hoy puede ser una motivación, un trabajo, jugar al futbol, tocar el piano o hacer un oficio. Dice Mario dando a entender que hay lugar para todo pero las cosas hay que hacer a conciencia. “Antes te decían: Si vas a barrer hacelo bien!”

“Siempre tuve amigos mayores que yo –cuenta Mario-. Muchos eran los amigos de mi padre.  Ellos me enseñaron cosas. De oírlos, de compartir. Y yo soy muy sociable y me gusta hablar con la gente. Un amigo me dijo: A lo mejor somos amigos porque nos vemos de vez en cuando. Yo le dije sabes que capaz que tenés razón… pero no estoy seguro. Yo digo ¿por qué son complicadas las relaciones humanas? Será la evolución de las personas? –se pregunta Mario-, somos una persona a los 20 pero a los 30 años ya somos otro. Cambiamos mucho, creo que nos salva el amor. Y el amor es para pocos, es para elegidos de la tierra, decía Atahualpa Yupanqui”.

 

¿Cuales han sido los mejores momentos de El Hornero?

“En los años 90 tuvimos un gran reconocimiento por nuestros fiambres –dice Mario Cáceres-. Y Hay miles de anécdotas para contar de gente que ha visitado el Hornero. Tenemos clientes de Canadá, de Centroamérica, de Europa, de EE.UU., gente que trabaja en la NASA.  Los otros días pasó por acá un arquitecto argentino que trabaja en Boston. También suele venir un eclesiástico extranjero que es compañero del papa Francisco”.

Un clásico de este famoso lugar sobre la ruta 205 son los libros de visita donde tantos fieles clientes y turistas sorprendidos dejan su comentario agradecido por la atención recibida y su satisfacción por descubrir los sabores exquisitos de los fiambres que se producen en El Hornero de Roque Pérez.

También por esos años de reconocimiento comenzaron las notas en distintos medios escritos recomendando a “El Hornero” como paso obligado para los paladares exigentes. Por ejemplo en la sección de turismo solía aparecer el particular almacén como un hito en la ruta 205 donde no se puede pasar de largo. También reportajes en radio como el que le hiciera Rolando Hanglin en radio Continental.

 

Además son clientes habituales muchas personalidades…

“Sí, por ejemplo Beatriz Taibo y su hijo Raúl –recuerda Mario-. Han pasado el folclorista Carlos Di Fulvio. El pianista Zamora y el concertista de guitarra Jorge Labanca. Hace mucho estuvieron Horacio Guarany, Luis Landricina. Una persona venía siempre a comprar la longaniza napolitana para poner a la pizza. Venía seguido. Cuando pasaron los años un día nos dijo: hoy le puedo contar para quien era la longaniza, era para el presidente Menem. Y muchos otros políticos han pasado como Herman González, Ivan Petrella, Stolbizer, Lavagna, el periodista Granados. Siempre viene Luis Brandoni también- cuenta Mario-“.

“Un día estuvo Antonio Banderas y nos pareció que era el, pero lo vi muy bajito –cuenta Copi-“. “Después las chicas que están empleadas acá nos dijeron que efectivamente era el actor y que estaba filmando una película, pero yo lo atendí sin darme cuenta –dice Mario-.

 

¿Qué es lo que más te gusta de lo que haces?

“Me gusta lo que le gusta a la gente –responde Mario-, siempre estoy pendiente de eso. A mí me marca el rumbo el cliente. Y eso lo hablé mucho con mi gente. Gracias que tengo a Raúl Jacinto Ruiz, que tiene espíritu investigador y me ha ayudado a hacer un mejor fiambre”.

“Yo no sé bien que es el marketing –dice Mario-. Pero yo sé que hay que ser un buen anfitrión. Si vos tenés un buen producto, lo tenés que cuidar celosamente. Yo tengo que defender mi producto en el mostrador y tratar y hacer sentir bien al cliente porque el cliente es el que tiene la llave de mi negocio. Con un metro de mostrador no se necesita más. Todos nosotros hemos vivido de ese método. Hacemos algo diferente. ¿Querés comer natural? Acá lo tenemos. Y mi filosofía es seguir ofreciéndole a la gente una comida natural”.

Felices 50 años El Hornero de Roque Pérez! 
Viva el verdadero sabor! Fiesta del paladar, sabor del tiempo!
Lectores y socios, miembros de la comisión directiva y autoridades municipales se reunieron en la sede de la Biblioteca Popular Esteban Echeverría para conmemorar el 70 aniversario de su creación.

 

La institución fue creada el 29 de Junio de 1946. Por eso la merecida celebración realizada el pasado 1 de julio en su sede de la calle Alem. El Intendente Gasparini destacó el trabajo que se realiza en este espacio de cultura “aquí se construyó parte de la historia de nuestro pueblo, gracias a esta biblioteca. Como intendente me comprometo a seguir ayudando, cuesta mucho el mantenimiento, pagar sueldos y tenemos que buscar la forma de financiarlo. Por eso necesitamos el apoyo de todos. Aquí está el corazón de nuestro pueblo”

En el acto la periodista y docente María Elena Bertola dijo  “Estamos emocionados y felices por la gran trayectoria que va transitando la biblioteca y la proyección que va alcanzado en lo cultural.  Es una pena, pero el libro debería seguir siendo una herramienta esencial, pero hay otros servicios a favor de los jóvenes. Uno se siente feliz porque la institución crece, que sigue en buenas manos, que hay aspiraciones culturales que se proyectan”.

Luego se entregaron diplomas a los socios vitalicios, Noemí Costa, Matías Garavento, Guillermina Insaurralde. Marcela Lizarribar, Zulma Rinaldi, Sandra Rinaldi, María Isabel Taborda, Gladys Valsechi, Florencia Pescio, Isabel Cariman, María Lujan Sachetti, Luis Latorre y Matías Granillo.

Actuaron solistas en guitarra de la escuela de música La Cosecha, de Alba Lacentra, lo hizo Tomas Castellani de 14 años, Valentina Richetti de 9 años,  Darío López y Lucas Dino Ruzzi. También integrantes del Honorable Concejo Deliberante hicieron entrega de un subsidio  y hubo un agasajo a los presentes con torta de feliz cumpleaños.

Según reseña la institución, la Biblioteca Popular Esteban Echeverría fue fundada, un 29 de Junio de 1946, por un grupo de gente que ansiaba que el pueblo contara con un espacio cultural. Se comenzó con muy poco material, con libros usados, sin recursos, ni ayuda, pero sí con muchas ganas. Su principal socio fundador y también Bibliotecario, Julio Gutiérrez y toda su comisión directiva: Juan Carlos Elordi, primer presidente; Elsa de Suárez, Anselmo Mansilla, Beatriz de Gutiérrez, Segundo Magni, Manuel Bustamante, María Álvarez, Rosa Kallus y Juan Braga, trabajaron contando solamente con su voluntad, para poder desarrollar una verdadera función cultural.

En 1949 la Biblioteca obtuvo la personería jurídica y se traslada a un local de calle Avellaneda. En este punto acudimos a la memoria de María Elena Bertola, docente y periodista pero antes lectora de la biblioteca.

“Julio Gutiérrez se puso al frente como bibliotecario -cuenta María Elena-. Todo ese grupo hicieron la biblioteca como pudieron, creo que primero funcionó en la esquina de Alsina y Rivadavia, yo era muy chica pero después se trasladó al lado de la panadería de Santiago” (actualmente es el local de pastas Artesana).

“Los libros estaban sobre unos tablones apoyados en caballetes -recuerda María Elena-. Esas eran las mesas para investigar. Y Gutiérrez nos decía: Miren, este libro lo van a necesitar todos, déjenlo acá así lo pueden leer el resto de los alumnos. Eso sí, él era capaz de ir a abrirte la biblioteca un domingo, no tenía problema”.

María Elena además escribió un libro sobre la obra de Gutiérrez en Roque Pérez. “Yo destaco y rescato a Gutiérrez como figura de la cultura de Roque Pérez porque de la nada, con un grupo de gente hicieron y dejaron plantada una biblioteca para las siguientes generaciones. Julio Gutiérrez y su mujer =destaca María Elena= eran los bibliotecarios ad honorem, no cobraban sueldo”.

“Había poco acceso a los libros entonces -explica María Elena-. Eso hacía que nos volcáramos a la biblioteca. Nosotras éramos dos hermanas estudiando, hijas de padres de clase trabajadora. Era imposible comprar todos los libros. Por eso creo que la gente de mi edad valoramos los libros y somos bastantes lectores. La biblioteca fomentó mucho la lectura y el estudio de muchos de nosotros”.

“La biblioteca era un único salón grande -recuerda María Elena-. Gutiérrez te ayudaba a buscar información de cualquier tema. Era profesor de matemáticas del colegio secundario, era un profesor brillante. Pero en la clase de él no volaba una mosca, ni permitía bromas. Pero tenía un gran respeto por el alumno. Y sus clases eran interesantísimas. Una vez estaba mostrando la resolución de un problema y sonó el timbre del recreo. Cuando nosotros estudiábamos los recreos eran cortos. Pero nuestro compañero Carlitos Goñi le pidió que siguiera explicando y Gutiérrez dejó la tiza en el escritorio y dijo “No, el recreo es un derecho que tienen ganado los alumnos, seguimos en la próxima clase”. Yo te aseguro que cada alumno que lo tuvo de profesor lo admiró” recordó María Elena al primer bibliotecario de nuestra biblioteca Esteban Echeverría.

Volviendo a  la historia en diciembre de 1962 se instala en la calle Leandro N. Alem, donde funciona actualmente.

Hoy la biblioteca cuenta con más de 25.000 volúmenes, videos, diarios y revistas y tiene 524 socios que colaboran con su cuota social para apoyar el desempeño de la institución. La entidad cuenta con servicio de Internet y Wi-Fi ha sido sedes de innumerables actividades culturales, charlas, talleres y exposiciones.

Promocionando la lectura, acercando el libro a quien lo necesita para el estudio o el cultivo cultural o el goce literario y luchando para permanecer altiva y viva, la institución se ha multiplicado en actividades y eso le hace llevar orgullosamente el nombre de Biblioteca Popular Esteban Echeverría.

En junio pasado nos enteramos con tristeza del fallecimiento del artista roqueperense Jorge Caro. Fue un vecino de perfil bajo. Quizá muchos lo conocieron más de verlo pasar como perseverante atleta, ya que salía a correr todas las tardes y luego, como lo había hecho en su juventud, regresó a la práctica del ciclismo. Popularmente eran más conocidas estas aficiones que su faz de pintor y escultor. Aunque Jorge participó de algunas muestras, nunca hizo un culto de mostrar su obra. Su trabajo era más silencioso. Pero no por ello dejó de ser incesante. Su obra más conocida fue un relieve en el monumento a la bandera que existía en Plaza Mitre. Cuando el paseo fue remodelado la obra fue tirada abajo causándole mucho dolor a Jorge Caro.

Una reivindicación fue, y él lo habrá sentido así pecho adentro, que el salón del galpón de la cultura en el predio del ferrocarril llevara su nombre. Un homenaje en vida merecido.

Para seguir recordando a Jorge Caro aquí queremos compartir la entrevista que le hiciéramos en la edición Nº 50 de La Guía de Roque Pérez del año 2001.

Desde hace más de 40 años Jorge Caro viene realizando su trabajo y su búsqueda en las artes plásticas. Dialogamos con él para conocer su historia, sus temas y su obra.

Al borde del patio de la familia Caro,  Jorge tiene su taller. En el patio hay margaritas en flor y angostos caminitos entre las plantas de fruta. Dentro del taller las obras de Jorge están por todas partes. En la pared, los dibujos. Algunos superpuestos. Sobre tarimas de madera,  las esculturas. Algunas mínimas, hermosas. Cada tanto levanta el mantel de la mesa y saca alguna cabeza de yeso o de arcilla.

 

¿Cuándo empezaste con tus creaciones?

“Yo empecé a modelar y a dibujar a los 14 años. Más tarde hice dibujo técnico en el Monotécnico de Lobos (era como un colegio industrial). En la plaza de Lobos había una figura de la maternidad. Eso me llamó mucho la atención. Mi primera escultura fue una cabeza de mujer hecha con barro del río Salado.

Por ese tiempo la Biblioteca Popular (entonces estaba junto a la Panadería de Santiago) organizó una exposición con cuadros de Castagnino, Spilimbergo y otros pintores de renombre. Eso también me inspiró. En la biblioteca conocí a Manuel Gutiérrez San Julián que era Profesor de Bellas Artes. Manuel era el hermano de Julio Gutiérrez. Le mostré mi escultura, me relacioné con él y tomé sus clases de dibujo. Con Manuel salíamos a dibujar al aire libre, dibujábamos paisajes, caballos… Pero yo después continué como autodidacta”.

“También viajaba a Temperley para relacionarme con el escultor Roque Crea. El hacía cabezas en cemento.

Empecé a trabajar con arcilla. También con moldes para vaciar yeso o cemento”, cuenta Jorge Caro mientras saca de debajo de la mesa de su tallercito una cabeza. “Esta escultura es de Puchito Mancinelli hijo cuando era niño. La hice en arcilla, después hice un vaciado en yeso y la patiné”.

“En el 68 había movimientos artísticos de vanguardia. Por ejemplo el Di Tella. Pero nosotros estábamos aislados de eso. Nosotros hacíamos algo inocente, más clásico. Yo nunca estuve en la vanguardia. Tampoco me incliné por la abstracción. Siempre me incliné por un realismo expresionista. Por ejemplo ahora dibujé una raíz suelta, sin tierra. La vi en el piso y me llamó la atención su forma”.

 

¿Con qué materiales has trabajado?

“Trabajé en arcilla, yeso, cemento y también en madera: Hice un cristo de más de dos metros para la Iglesia de Norberto de la Riestra (actualmente se encuentra en el hogar de ancianos). El cura me trajo un tronco de cedro blanco del mismo monte. Me dejó el tronco en el patio y me dijo: “Ahora arreglate como puedas”    Hice un niño con un perro en quebracho. El quebracho es la madera más difícil para tallar porque es como un hierro”.

“En dibujo empecé haciendo carbonillas, luego hice dibujos con birome, con tinta directa y con tinta china también (“como esa paloma”, dice señalando otro dibujo ).

 

¿Qué buscás con tus creaciones?

“Creo que el arte es pensamiento, es muy psicológico. A veces uno hace diez trabajos y rescatás uno. Yo lo que no me gusta lo tiro, lo destruyo. Pero el verdadero arte puede dominar al tiempo.

Hay muchas tendencias, mucha experimentación. Y hay una gran confusión en los plásticos de Argentina y el mundo. Están los que copian una fotografía o los que hacen arte digital para una elite. Yo me quedo con la profundidad de uno mismo. Esto es un largarse al agua. Es una carrera difícil, en la que no ganás nada. Es una pasión.  Yo tengo obras en Internet que recorren el mundo. Pero mi obra puede gustar a 10 personas a las que he “tocado”. Por ahí me ven millones pero no me aceptan. Me escribieron desde Austria porque les gustó mi cabeza de Largou y la cabeza de una anciana. Yo creía que me estaban cargando”.

“Por ejemplo a vos te gustó un paisaje.  Yo me siento bien si ayudo con mi arte.  Por ejemplo a mí Beethoven me enloquece, me gusta mucho. A las siete de la mañana me pongo a modelar escuchando música clásica en la radio (me hace bien). Pero escucho cumbia también!”.

 

¿Qué temas representas en tu obra?

“A veces mis obras se refieren al desocupado, al hambre. A veces a los valores, por ejemplo el dinero, la codicia. Otra vez mi tema puede ser una maternidad o la anatomía humana. Me gustan mucho los autorretratos también. Ya no salgo a correr a pie porque para mis 60 años es demasiado pero cuando salgo en bicicleta me quedo mirando un paisaje. Me quedo un rato solo… a veces hago un dibujito para recordar la escena, las luces en un anotador que llevo”.

“Yo no teorizo más. Es un rompedero de cabeza. Ya todo fue dicho. Fue dicho el cubismo, el impresionismo, el formalismo. Creo que el arte puede ser global, pero lo tenés que hacer en tu casa. Yo tengo que modelar o dibujar como un argentino y como un roqueperense.  No puedo copiar a Miguel Angel, que era italiano”.

 

¿Qué repercusión tenés en la gente?

“Ninguna. El vacío” (Lo dice sin vacilar y con resignación).

 

¿Te duele?

“Sí. Me duele haber hecho cosas y no tener ningún reconocimiento”.

 

¿Tu mayor satisfacción?

“Un día vino Carlos Pedro Blaquier y vio mi obra sobre Largou. “Esta cabeza es magnífica, ¿no me la das para pasar al bronce? ” me dijo. Eso me dio mucha satisfacción. El es como un crítico de arte. Es Profesor de Filosofía y Letras. Y se emocionó mucho con la obra de Largou. La llevó a las mejores fundiciones. Después la obra fue inaugurada en la plazoleta de la calle Perón, en 1986. Pero el día de la inauguración fueron 7 personas”.

“Ya en 1970 había hecho el monumento a la bandera de Plaza Mitre.  Pero las autoridades nunca me dieron nada. Nunca tuve ayuda. Tampoco una beca para estudiar más. En eso no tuve suerte”.

 

¿Cuál es tu mejor obra?

“Siempre uno tiene disconformidad con su obra. Lo que  te gusta hoy, mañana ya no te gusta. Lo difícil es buscar el propio camino.  “Qué difícil es creer” decía una artista. La tecnología destruye. Estamos en un tecno capitalismo asesino. La máquina sirve para producir pero hay hambre”.

 

¿Tus obras se venden?

“A veces he vendido algo. Gaucho Cammajó me compró dibujos para poner en el Hotel Mayoral. Hay uno de un rancho con ropa colgada. Yo a mis obras las brindo. Si a la gente les gusta mejor”.

 

¿Y los artistas jóvenes?

“Hay algunos. Creo que el peligro para los artistas jóvenes es que copien. Copiar una fotografía es algo técnico. Pero el arte debe ser creativo”.

Después nos pusimos a fotografiar obras. Fueron desfilando la pareja bailando tango, el hombre que piensa (lo hice con un solo hombro me explica), la madre y el hijo mejilla con mejilla, las figuras de los amantes fundiéndose, los briosos caballos y los dibujos de autorretratos.

Y ese paisaje tan lindo! “Este paisaje que a vos te gusta, -me cuenta Jorge- lo tenía medio archivado desde hace años”. Una calle de tierra, los palos de luz, las arboledas. Parece una siesta. En el centro vienen caminando una pareja y su niñito tomados de la mano. Una escena llena de nostalgia pueblerina.