Mié 2 Dic 2020

En un castillo, en la montaña

Felipe Landerreche, dejó sus trabajos de tatuador y panadero y emprendió un viaje de exploración al viejo continente ¿Será una búsqueda sin plan o será en plan de andar buscando? Mientras vive en un castillo del valle del Loira, analiza seguir hacia el norte o piensa en el sur y regresar.

Por las redes llegué al blog de Felipe. Y me encontré con sus historias, sin pretensiones, pero con la fuerza de alguien que está haciendo un primer gran viaje. “Yo nunca había salido de Argentina, me confiesa Felipe. Y nunca había escrito”. Pero empezó a publicar para su familia y amigos en el Facebook y después abrió el blog para ir contando sus andanzas.

En el blog contaba sobre Fornello, la localidad en Portugal donde llegó a trabajar en febrero. “La música de moda acá se llama Pimba, es como música de bailanta. Los pibitos se dejan el bigote. Si entrás a un bar y saludás, te responden todos. Vimos un desfile de carnaval bien de pueblo. Muchas cosas funcionan con monedas: ¡los carritos en los supermercados también!”.

El peregrinaje comenzó viajando a Chile con dos amigos de Roque Pérez, Johnny Barral y Lucas Cabral. Desde allí a Barcelona y enseguida a Portugal, primera etapa porque según dice Felipe, en tierras lusitanas es más fácil encontrar trabajo. Pero claro, enseguida se complicó todo por la pandemia. “En Portugal se respetó muchísimo la cuarentena” explica. Nosotros habíamos ofrecido trabajo voluntario a través de la aplicación workaway. El anfitrión, a cambio de tu trabajo, te da alojamiento y comida”.

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“Cuando llegamos pintamos un piso de madera y unas habitaciones. Ahora nos dieron una de esas habitaciones. La casa tiene una parte nueva, tiene como 300 años, la parte vieja no saben… el agua viene de la montaña … y (recuperamos) un horno de piedra que estaba abandonado”.

Después me fui a una chacra a trabajar en el campo, a cosechar lechuga -se ríe Felipe -. Allí trabajaba con siete africanos y dos portugueses. “En la casa no hay sábanas… una señora me regaló una almohada y una frazada -escribía-. Vamos y venimos de la quinta en camioneta, en la caja porque somos extranjeros. La vuelta a la casa es silenciosa porque los dolores en la espalda no te dejan hablar. Hasta que te duchas con agua bien caliente … sentís que tenés las piernas de Gago” escribía Felipe en su posteo de mayo.
“Después fui a trabajar dos meses a un hostel en Braga -me cuenta-. Intenté regresar a Roque Pérez, pero los vuelos de repatriación salían casi mil euros. En Braga la pasé muy bien y conocí mucha gente, ¡un flaco me dejó tatuar en su local! Yo estaba feliz haciendo lo mío”.

“Epoca de fe perfecta” -escribía entonces Felipe-. Sí, el título me lo robé de una película. Pero me vine a Braga, una ciudad super antigua… estoy en un hostel, donde tengo que limpiar y puedo quedarme. …estoy hablando tres idiomas mezclados. Conocí un brasilero que vivió en Argentina y que conoce Roque Pérez, ¡para que aprendas Bariloche!”

“Hay muchas iglesias y muchos adoquines -relataba Felipe-. Gente pidiendo monedas y gente que da monedas. Fui a repartir curriculums pero no te los agarran por el coronavirus. Venden pasteles con forma de pene, por tradición, allá ellos. El dueño del hostel me habla de Perón y del Che. Y que Maradona es el mejor de la historia, pero segundo está Cristiano, cualquiera”.

“Voy a extrañar Braga – escribía Felipe en vísperas de partir a Francia-. ¿Cómo no? si conocí personas que me ayudaron sin saber nada de mí, personas que me dieron de comer, que me hicieron reír, que se preocuparon por mí. Y yo pensaba que estaba viajando solo”. “No sé cómo va a seguir esto, cuando volveré a casa. No importa, este viaje ya está «pagado» ya me dio mucho más de lo que pensaba encontrar”.
Felipe partió a trabajar a Francia. Estuvo en Bretaña. “Las cosas no salen como uno quiere, no significa que esté mal -escribía Felipe en setiembre-…dibujo mucho. Fui a pescar otra vez, al canal de la Mancha. Tenía que vigilar los perros y se comieron una gallina. Estoy en un pueblo de mil habitantes, entre montañas, hay zorros y ciervos por todos lados. Fui a un pueblo del siglo XII, una señora tenía tatuado al “Che”. Fui a un castillo y flashé”.

“Acá hay castillos medievales increíbles. Nunca pensé conocerlos -me cuenta Felipe al celular-. El Castillo de Saint Michel es tremendo. También las playas de Portugal son hermosas. Ahora estoy en el medio del campo, cerca de Vihiers, en un castillo donde se realizan eventos. Hace pocos días tuvimos una fiesta de casamiento. En las ciudades se suspenden las actividades por el COVID pero acá en el campo hay menos control”.

“No sé cómo seguirá todo esto -escribía-, hay que mantener la calma, algo que me sale muy bien, agua de tanque me dice mi tío. Ya escribí que hay que hacer que las cosas pasen, a veces pasan solas y son las mejores, son sorpresas llenas de energía”
“Ahora no sé si voy a volver -me responde Felipe sobre sus planes-. No sé que pasará con los vuelos, qué costo van a tener. Tengo posibilidades de encontrar más lugares para trabajar en Francia o ir a Alemania”. Mientras tanto sus amigos Johnny y Lucas siguen en Portugal ¿Te estás poniendo a prueba? Sí, acá no te queda otra -responde-, cuando me largué solo, tenía miedo, pero ya hace un montón que sigo viaje. Acá la gente es buenísima, todos entienden en qué situación estás”.

“Vas a extrañar un montón, pero eso es bueno. Tu casa, tu cama y tu baño. Tus amigos y tu familia -escribió en su blog-. La vereda… Roque Pérez es muy fácil de extrañar. Creo que por suerte encontré muchos más Roque Pérez en este viaje, …lugares para volver …gente para extrañar”.

“La fe es creer ciegamente en algo, en que todo va a estar bien, vivir día a día y nunca dejar de moverse, hacer que pasen cosas. Aceptar lo que nos toca, todo no se puede, pero podemos con todo”. Palabra de Felipe. Por el celular, ahora, me dice: ¡Gracias por llamar! La voz clara, casi despreocupada, como de acá a la vuelta… a la vuelta de un castillo en la montaña.

“Si querés viajar para seguir siendo el de siempre mejor quedate en tu casa -reflexiona Felipe-. …cuando vuelvas, no vas a ser el de antes, te vas a extrañar para siempre. Pero ése que extrañas te empujó a lo que sos ahora, encaró todo lo que le daba miedo y te dejó acá, escribiendo, tomando un té en Francia, diciéndole: te voy a extrañar, gracias”.

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